Instrumento peculiar donde los haya, sólo consta de dos gruesas cuerdas de tripa de carnero, y se podría decir que carece de mástil, puesto que la caja armónica se extiende por toda la estructura del instrumento, pasando incluso por debajo de las cuerdas. Esto lo suele aprovechar el artesano para realizar preciosos calados y celosías que, dando salida al sonido, se decoran profusamente con incrustaciones de marfil, nácar y maderas nobles. Las cuerdas se presionan por tracción tangencial con los dedos "en el aire", sin tocar el prácticamente inexistente diapasón. Un sistema similar lo hallamos en el lejano Saranghi de la India. El arco es muy corto y enormemente recio.
El Rabab andalusí aparece en la iconografía medieval española. La ilustración de la cántiga 110 del Codex Princeps de las Cantigas de Alfonso X El Sabio, es una muestra de ello, donde dos sonrientes intérpretes, ricamente ataviados, tocan sendos Rababs.
Este instrumento se ha conservado admirablemente en Marruecos, y en general en el Magreb, sin cambiar ninguna de las características de su morfología. Afirma Patrocinio García Barriuso, que "penetra en Marruecos procedente de la España musulmana, siendo aquí importado del Oriente".
Para su interpretación, se apoya el rabab sobre la pierna derecha en posición vertical, levemente inclinado hacia el hombro opuesto. Por las limitaciones técnicas del instrumento, el músico se ve obligado a desarrollar un sistema de simplificación de la melodía que resulta enormemente interesante y esclarecedor cuando se aplica a la música medieval española.
El Rabab, con su sonido áspero, pero grave y cálido, tiene una importancia primordial en la orquesta andalusí. Tanto es así, que ha sido el instrumento de muchos de los grandes maestros y directores de la música originaria de al-Andalus, como Abdelkrim Rais, fallecido hace pocos años. Se dice que el sonido del Rabab es el más parecido al de la voz humana.
El ejemplar que se expone es de fabricación popular y se realizó en Tetuán hacia 1978.